sábado, 25 de abril de 2026

Razones para "blogear": rondas de melancolía

 Escribimos para recrear, recordar, conmover o enseñar. Sin embargo, hoy abundan los textos nacidos del ego o del vacío de reconocimiento; relatos que nos condenan al positivismo tóxico y a esa felicidad obligatoria, objetiva y medible. Yo reclamo el derecho a no poder.

Escribo desde la melancolía. No como patología moderna, sino como la entendían los clásicos: una fuerza creativa y transformadora. Mi melancolía es una conciencia posicional; no se limita a representar el mundo, lo construye afectivamente.

Estas letras son mis implicaciones del ser y del estar; la experiencia del si mismo como otro, en palabras de Ricoeur. Alimento este espacio para reafirmar mi existencia. Quizás, en estas evocaciones, compartamos la emoción necesaria para reconfigurar el mundo o, mejor aún, para ejercer resistencia frente a él.

viernes, 24 de abril de 2026

¿Dónde andarás?

¿Dónde andarás?

Hace unos meses conocí a un hombre de presencia impecable —"bonito", dirían ellas—, con una palabra ágil y una conversación que atrapaba. De su historia profunda sé poco; solo cruzamos las referencias necesarias para que naciera en mí un respeto sincero.

De manera ocasional, me confiaba sus batallas con los narcóticos. Hablaba con orgullo de su año de sobriedad, y mi admiración crecía: mantenerse a raya tras tantas "noches oscuras del alma", intentando llenar los vacíos y sanar las pérdidas, no es tarea simple.

Congeniamos tanto que le pedí reparar una humedad y pintar la casa de mi madre. Lo hice con un temor silencioso; no por él, sino por la reacción que suscita el dinero cuando se tiene libertad. Temí que el pago se convirtiera en tentación, en un pasaporte de regreso a los antiguos lugares. En ese momento, resistió. Con orgullo me contó que había comprado cosas para su nueva vida fuera de la institución que lo acogía. Mis prejuicios, por fortuna, resultaron ser solo sombras mías.

Hace unas semanas, llegó el gran paso: se independizó. Alquiló un cuarto propio gracias a un trabajo fijo que su capacidad le había ganado. Me emocioné. Mis palabras fueron un ancla: "Recuerda cuánto has avanzado; si aparecen las sombras, búscame. No estás solo". Me agradeció, pero no me miró a los ojos. En ese gesto esquivo, creí adivinar un miedo que no quería hacer visible.

Desde hace tres días, el silencio. El último contacto fue un mensaje a su jefe: "Voy a la EPS porque me siento enfermo". Luego, el vacío. Una amiga llamó insistentemente hasta que una voz joven respondió al otro lado de la línea, confirmando la sospecha: “Madre, este teléfono lo dejaron empeñado. No le puedo decir más”.

Las noches ya no son iguales. Pienso en él y en sus nuevos infiernos, una sensación que me devuelve a los días en que trabajé con los amigos de Nomatarás. La comida y el abrigo han perdido su sabor. Mi pensamiento vuela a las calles, intentando que algo lo toque y lo traiga de vuelta, aunque sé lo difícil que es emerger de una recaída cuando se siente que se ha vuelto a perder todo.

¿Dónde andarás? Mantengo la esperanza de que logres volver, una vez más, de tu noche oscura del alma. 

viernes, 27 de marzo de 2026

 

El Horizonte Interrumpido: Fenomenología y Mecánica del Caminar

 

Hay una coreografía invisible detrás de cada paso que damos. Lo que solemos percibir como un acto casi automático es, en realidad, el resultado de una serie de impulsos nerviosos que se originan en la corteza motora y descienden por la médula espinal. No se trata solo de poner un pie delante del otro, sino de la activación coordinada de múltiples grupos musculares —desde los estabilizadores del tronco hasta los flexores del tobillo— que trabajan conjuntamente para sostener el equilibrio frente a la gravedad. En términos biomecánicos, caminar puede entenderse como una forma de caída controlada que el cuerpo corrige de manera continua.

I. La magia silenciosa: la arquitectura del paso

Rara vez nos detenemos a pensar en la maquinaria que se activa al andar. La postura erguida y la bipedestación no fueron solo hitos biológicos, sino condiciones que transformaron nuestra relación con el entorno: desde la apropiación del paisaje hasta el desarrollo de formas complejas de pensamiento simbólico.

En condiciones de salud, el cuerpo se vuelve transparente a la conciencia. No sentimos el cuádriceps contraerse ni la activación de los nervios periféricos; simplemente “somos” el movimiento que nos proyecta en el mundo. Sin embargo, cuando aparece la dolencia o la atrofia, esa transparencia se rompe. El cuerpo deja de ser un vehículo silencioso y se convierte en una presencia que pesa y limita. En términos fenomenológicos, es el momento en que el “yo puedo” se fractura en un “no puedo”, alterando la forma en que habitamos el mundo.

Caminar involucra a cientos de músculos que actúan en sincronía, en un proceso cuya complejidad solo se hace evidente cuando se analiza con detenimiento. Mientras el cerebelo coordina los movimientos y ajusta la precisión, el sistema vestibular contribuye al equilibrio y a la orientación espacial. Esta ingeniería corporal permite un ciclo continuo de apoyo y balanceo: el talón entra en contacto con el suelo, el peso se transfiere a lo largo del pie y, finalmente, los dedos impulsan el cuerpo hacia adelante, mientras la otra pierna se libera para iniciar un nuevo paso.

II. La atrofia del cuerpo: cuando el instrumento se vuelve obstáculo

La atrofia puede entenderse no solo como un diagnóstico médico o como la pérdida de volumen muscular, sino también como una interrupción en la relación entre la voluntad y el cuerpo. Cuando el impulso nervioso que inicia el movimiento no logra traducirse plenamente en acción, el espacio exterior deja de ser una extensión natural del sujeto y comienza a percibirse como una dificultad.

El horizonte, que antes aparecía como una posibilidad abierta, puede convertirse entonces en una distancia difícil de atravesar. Aquí aparece una paradoja: descubrimos la complejidad y la precisión de nuestro propio cuerpo justo cuando algo deja de funcionar con normalidad. El dolor obliga a abandonar las abstracciones y a concentrarse en la geografía inmediata de un solo paso. Lo que antes era un movimiento espontáneo se convierte en una tarea consciente.

Cuando la atrofia interrumpe esa relación práctica con el mundo, la inmovilidad deja de ser solo una condición física y se convierte también en una experiencia existencial. En esa interrupción nos hacemos conscientes de nuestra propia arquitectura corporal: una negociación constante entre la intención de movernos y las posibilidades reales del cuerpo.

III. Caminar como herencia y símbolo

Desde la antropología, caminar puede entenderse como uno de los procesos más decisivos de la evolución humana. Mucho antes que muchas de nuestras herramientas actuales, la bipedestación reconfiguró nuestra relación con el entorno. Caminar erguido liberó las manos, amplió el campo visual y transformó la manera en que los seres humanos se desplazaban y habitaban el territorio.

Al estar de pie, el horizonte deja de ser simplemente una línea lejana y se convierte en una referencia constante de orientación. La verticalidad redefine nuestra relación con el entorno y con los otros, y caminar se convierte en una forma de inscribir la experiencia humana en el espacio.

Sin embargo, la condición humana no se revela solo en la capacidad de movimiento, sino también en la fragilidad. En muchas culturas, la dificultad para caminar no se entiende únicamente como una limitación individual, sino como una situación que convoca el cuidado de los otros. Cuando el cuerpo encuentra límites, aparecen el bastón, la ayuda, el acompañamiento. El caminar deja entonces de ser un acto estrictamente individual y se convierte en una práctica social que pone en evidencia la interdependencia humana.

La lentitud del caminante también transforma la experiencia del espacio. Cuando el ritmo disminuye, el entorno cambia: aparecen detalles que antes pasaban desapercibidos, y el tiempo deja de medirse solo en distancia recorrida para medirse en experiencia vivida. Si el movimiento ha estado históricamente ligado al pensamiento —desde los filósofos que enseñaban caminando hasta los pueblos nómadas—, la interrupción del movimiento no solo afecta al cuerpo, sino también a la manera en que pensamos y percibimos el mundo.

IV. La senda del pensamiento: el caminar como cartografía interior

Si el desplazamiento físico ha estado ligado tantas veces al desarrollo del pensamiento, cabe preguntarse qué ocurre cuando el movimiento se reduce o se detiene. Una de las paradojas del cuerpo limitado es que la reducción del movimiento exterior puede abrir un espacio para el movimiento interior.

Cuando la dolencia impone una pausa, la acción de caminar no desaparece completamente, sino que cambia de forma. El pensamiento, al perder el ritmo del desplazamiento, adopta otras temporalidades: se vuelve más lento, más atento, más reflexivo. La experiencia del espacio también cambia; el mundo puede reducirse a una habitación, a una ventana o a la página de un libro, pero no por ello desaparece la experiencia de habitar.

Recuperar el sentido del caminar en un mundo cada vez más acelerado y sedentario puede entenderse como una forma de resistencia frente a la inmovilidad impuesta por ciertas formas de vida contemporáneas. Pero resistir no siempre significa avanzar más rápido; a veces significa aprender a habitar la lentitud y la fragilidad.

Al final, no caminamos solo con los pies. Caminamos con nuestra experiencia, con nuestra memoria y con las formas culturales que nos han enseñado a habitar el espacio. Caminamos, en cierto sentido, con nuestra historia. Y aun cuando el horizonte exterior se acorta, el ser humano sigue buscando horizontes, aunque estos se encuentren, a veces, en el interior de su propia experiencia.

Agradezco al músculo piramidal y al nervio ciático impulsar estas reflexiones respecto a la movilidad, la inmovilidad y todo aquello que se desprende en el pensamiento.

 

viernes, 20 de marzo de 2026

Senilidad

 

-        Eehhhhhh!!!!! Descarado, no le den comida, pa que vino así ese descarado

Las palabras sonaron detras una cortina de esas que dividen las camas en las salas de urgencias.

Rompieron el poco silencio que se había logrado en la sala tras salir la enfermera con su carrito ruidoso lleno de aparatos, mangueras y cables.

En unas sillas reclinables, poco cómodas, pero mejores que las sillas plásticas usuales en las salas de urgencias estábamos tres desconocidos inmersos en las tácticas de evasión usadas en momentos incomodos.

En el extremo izquierdo acomodaron a un hombre alto y corpulento de unos 65 años, por la conversación con la enfermera me enteré (como quien no quiere la cosa) que tenía una lesión muscular a altura de los gemelos (técnicamente se llaman gastrocnemio), por su cara de dolor y limitación motriz interpreté que era muy serio el asunto.

Al centro una señora, aproximadamente de 75 años, se lamentaba porque tenía coágulos en su estomago y la herida de una cirugía estaba infectada. Ella vestía un conjunto deportivo color rosa, vivía en Santa Cruz, según dijo al aire mientras renegaba porque su hijo no le quería hablar, en su rostro se marcaba la soledad.

Ella iba de un lado a otro diciendo vea pues, me van a dejar y no traje cepillo de dientes era una letanía interminable, no me faltaron ganas de prestarle el mío (mi esposa me había llevado una maltica con todo lo necesario para sobrevivir a ese estado de prisión).

Yo en el extremo derecho, ahora que lo pienso es paradójico que me ubicaran en el extremo derecho…que ironías, que inmovilidad y que dolor.

Aun no medaban el diagnostico a pesar de las 8 horas que habían pasado desde que me hicieron las imágenes diagnosticas y el medicamento, supuestamente fuertísimo que me aplicaron para apantallar el dolor no funcionaba pa mierda.

Los tres nos miramos con cierta sorpresa y sin comprender las palabras y oraciones con sujeto y predicado que salían de aquella cortina.

Si bien nos generó curiosidad no dijimos nada, continuamos mirando desprevenidamente las bolsas de medicamentos que nos acompañaban a cada uno. Y aunque la señora de rosa buscaba conversación no lograba dialogo alguno.

¿Y ud qué tiene? ¿Con quién vino? ¿Hace cuánto está aquí? Miré como se demoran y yo que no traje cepillo de dientes.

El hombre de la izquierda en algún momento sucumbió y habló de su esposa enfermera que trabajaba en Estados Unidos, de sus dos hijos y las esposas, de los nietos y de su dolor, hablaba y me miraba tratando de descifrar cuál era mi dolencia, árida tarea pues ni yo mismo sabía por qué y en qué momento había perdido la habilidad para caminar (acción que hasta ese momento consideraba fácil y natural).

-        Vea pues a está, parece como boba, noooooooooooo con esa ropa nooooo como se le ocurre

Volvieron a salir las palabras desde las cortinas de la cama 14, las miradas volvieron a ser cómplices, respetuosas y curiosas.

Un hombre, luego me di cuenta de que era joven, musitaba: tranquila abuela, tranquila, venga le acomodo la almohada.

El soliloquio se iba amplificando y a abuela continuaba combatiendo sus recuerdos, lastimosamente ninguno de ellos hablaba de cariño. Todos eran reclamos, negaciones, conflictos, disputas, contrariedades, siendo ella quien disponía el destino de esos otros imaginados.

¿a quién le estaría hablando? ¿por qué tantos reclamos recordados? ¿su demencia senil (de la cual me enteré en la siguiente ronda de la enfermera) era tal que los recuerdos bullían ya hacían todo lo posible por mortificarla?

-        ¿Abuela, la llevó al baño?

Dijo la voz, pausada y cansada, de su acompañante (tal vez ya saturado y con el síndrome del cuidador quemado).

¿Cuántas noches con sus días han transcurrido en esa cama de hospital? ¿Cuántas noches con sus días en el calor del hogar?

-        Si, llévame

La vi.

Era una mujer de tez morena, no alcanzaba a ser completamente negra, pelo corto crespo y blanco, blanco como el de todas las abuelas. Sus 1.50 la hacían ver vulnerable, pero caminaba con agilidad a pesar los múltiples medicamentos que ingería. La voz ronca denotaba que era la matrona en su reino.

La abuela tenía “agua en el techo” y las frases que articulaba solo eran pequeñas evidencias de su estar en el espacio, pues estar en el tiempo del aquí y el ahora se había diluido.

Las horas pasan de manera extraña en las salas de hospital. Yo en vez de leer o mirar el celular me dediqué a escuchar las batallas de la abuela con sus recuerdos.

Todos batallamos con ellos o los ponemos bajo la cama, los escondemos, pero ellos flotan y surgen con vida propia.

Se revelan…revelandonos a nosotros mismos.