¿Dónde andarás?
Hace unos meses conocí a un hombre de presencia impecable —"bonito", dirían ellas—, con una palabra ágil y una conversación que atrapaba. De su historia profunda sé poco; solo cruzamos las referencias necesarias para que naciera en mí un respeto sincero.
De manera ocasional, me confiaba sus batallas con los narcóticos. Hablaba con orgullo de su año de sobriedad, y mi admiración crecía: mantenerse a raya tras tantas "noches oscuras del alma", intentando llenar los vacíos y sanar las pérdidas, no es tarea simple.
Congeniamos tanto que le pedí reparar una humedad y pintar la casa de mi madre. Lo hice con un temor silencioso; no por él, sino por la reacción que suscita el dinero cuando se tiene libertad. Temí que el pago se convirtiera en tentación, en un pasaporte de regreso a los antiguos lugares. En ese momento, resistió. Con orgullo me contó que había comprado cosas para su nueva vida fuera de la institución que lo acogía. Mis prejuicios, por fortuna, resultaron ser solo sombras mías.
Hace unas semanas, llegó el gran paso: se independizó. Alquiló un cuarto propio gracias a un trabajo fijo que su capacidad le había ganado. Me emocioné. Mis palabras fueron un ancla: "Recuerda cuánto has avanzado; si aparecen las sombras, búscame. No estás solo". Me agradeció, pero no me miró a los ojos. En ese gesto esquivo, creí adivinar un miedo que no quería hacer visible.
Desde hace tres días, el silencio. El último contacto fue un mensaje a su jefe: "Voy a la EPS porque me siento enfermo". Luego, el vacío. Una amiga llamó insistentemente hasta que una voz joven respondió al otro lado de la línea, confirmando la sospecha: “Madre, este teléfono lo dejaron empeñado. No le puedo decir más”.
Las noches ya no son iguales. Pienso en él y en sus nuevos infiernos, una sensación que me devuelve a los días en que trabajé con los amigos de Nomatarás. La comida y el abrigo han perdido su sabor. Mi pensamiento vuela a las calles, intentando que algo lo toque y lo traiga de vuelta, aunque sé lo difícil que es emerger de una recaída cuando se siente que se ha vuelto a perder todo.
¿Dónde andarás? Mantengo la esperanza de que logres volver, una vez más, de tu noche oscura del alma.