domingo, 24 de mayo de 2026

Los famélicos y los “rellenitos”

 

Marcaba el reloj las 9 a. m. El sol amenazaba con disolver todo lo que encontrara a su paso. Aquí, en Medellín, le será fácil: la ciudad es de plástico y ya lo dijo el cantante: “recuerda que el plástico se derrite si le da de lleno el sol”. En fin, eso será para otro día igual de luminoso.

Volvamos.

Entré a una tienda de esas que denominan de descuento duro —un D1— en un barrio de clase media. Hasta ese momento, todo normal.

Mi cabeza repetía en un sonsonete la lista de encargos de la casa, como una letanía que no debía olvidar (aunque al final olvidé uno; me lo acaban de decir mientras escribo). Gajes de la mensajería.

Entonces los vi: dos hombres con ropas grises, gastadas por el uso, y con el rostro de quienes ya habían sido expulsados, a esas horas de la mañana, de al menos tres jardines y dos andenes públicos. De ese tipo de personas que la gente “de bien” no soporta y rechaza a toda costa: los insulta, los hostiga… luego irán a misa y justificarán que cualquier prójimo distinto sea linchado o borrado.

Los pelaos tenían cara de cansancio. El hambre se les marcaba en el rostro. A leguas se veía que eran caminantes, de los que van de ciudad en ciudad sin puerto ni rumbo fijo. No creo que pudieran correr más de media cuadra, ni siquiera en el hipotético caso de que le arrebataran a alguien alguna moneda.

Poco después aparecieron dos motocicletas con cuatro hombres vestidos de verde oscuro, con cascos verde chillón. Supongo que eran conocidos de los comerciantes, porque subieron sin problema por la vía peatonal y, de inmediato, se abalanzaron sobre los dos famélicos.

Los cuatro eran “rellenitos”. Uno casi no logra bajarse de la moto; parecía incluso estar en riesgo cardiovascular. Si le quitaran la moto, difícilmente podría correr media cuadra.

La escena tenía algo de irónico: dos jóvenes —menores de 18 años— famélicos, hambrientos, asustados y aturdidos, recibiendo una nueva orden:

—Se van, se van, se van… pues, que no los quiero ver por aquí. A ver pues…

Decía uno de los cuatro, mientras su mano se deslizaba hacia un objeto metálico de color oscuro.

Los pelaos obedecieron. Se levantaron y atendieron la “sutil” indicación de aquel buen hombre. Yo los alcancé y les pasé algo para el desayuno… o al menos para hidratarse.

Lo más reprochable es que nunca he visto a ninguno de esos cuatro “rellenitos” cuando pasa la moto de alto cilindraje en la noche, o cuando una cuatrimoto ruge de un lado a otro poniendo en riesgo a peatones. Tampoco cuando golpean a una mujer que grita “¡ayuda!”, ni cuando actúan los combos del barrio.

Todo lo justificamos.

Y los “rellenitos” solo se ocupan de los famélicos.