-
Eehhhhhh!!!!!
Descarado, no le den comida, pa que vino así ese descarado
Las palabras
sonaron detras una cortina de esas que dividen las camas en las salas de
urgencias.
Rompieron el poco
silencio que se había logrado en la sala tras salir la enfermera con su carrito
ruidoso lleno de aparatos, mangueras y cables.
En unas sillas reclinables, poco cómodas, pero mejores que las sillas
plásticas usuales en las salas de urgencias estábamos tres desconocidos inmersos
en las tácticas de evasión usadas en momentos incomodos.
En el extremo izquierdo acomodaron a un hombre alto y corpulento de unos 65
años, por la conversación con la enfermera me enteré (como quien no quiere la
cosa) que tenía una lesión muscular a altura de los gemelos (técnicamente se
llaman gastrocnemio), por su cara de dolor y limitación motriz interpreté
que era muy serio el asunto.
Al centro una señora,
aproximadamente de 75 años, se lamentaba porque tenía coágulos en su estomago y
la herida de una cirugía estaba infectada. Ella vestía un conjunto deportivo color
rosa, vivía en Santa Cruz, según dijo al aire mientras renegaba porque su hijo
no le quería hablar, en su rostro se marcaba la soledad.
Ella iba de un lado a otro
diciendo vea pues, me van a dejar y no traje cepillo de dientes era una
letanía interminable, no me faltaron ganas de prestarle el mío (mi esposa me
había llevado una maltica con todo lo necesario para sobrevivir a ese estado de
prisión).
Yo en el extremo derecho, ahora
que lo pienso es paradójico que me ubicaran en el extremo derecho…que ironías, que
inmovilidad y que dolor.
Aun no medaban el diagnostico a
pesar de las 8 horas que habían pasado desde que me hicieron las imágenes diagnosticas
y el medicamento, supuestamente fuertísimo que me aplicaron para apantallar el
dolor no funcionaba pa mierda.
Los tres nos miramos con cierta
sorpresa y sin comprender las palabras y oraciones con sujeto y predicado que salían
de aquella cortina.
Si bien nos generó curiosidad no
dijimos nada, continuamos mirando desprevenidamente las bolsas de medicamentos que
nos acompañaban a cada uno. Y aunque la señora de rosa buscaba conversación no
lograba dialogo alguno.
¿Y ud qué tiene? ¿Con quién vino?
¿Hace cuánto está aquí? Miré como se demoran y yo que no traje cepillo de
dientes.
El hombre de la izquierda en algún
momento sucumbió y habló de su esposa enfermera que trabajaba en Estados
Unidos, de sus dos hijos y las esposas, de los nietos y de su dolor, hablaba y
me miraba tratando de descifrar cuál era mi dolencia, árida tarea pues ni yo
mismo sabía por qué y en qué momento había perdido la habilidad para caminar
(acción que hasta ese momento consideraba fácil y natural).
-
Vea
pues a está, parece como boba, noooooooooooo con esa ropa nooooo como se le
ocurre
Volvieron a salir las palabras desde las cortinas de la cama 14, las
miradas volvieron a ser cómplices, respetuosas y curiosas.
Un hombre, luego me di cuenta de que era joven, musitaba: tranquila
abuela, tranquila, venga le acomodo la almohada.
El soliloquio se iba amplificando y a abuela continuaba combatiendo sus
recuerdos, lastimosamente ninguno de ellos hablaba de cariño. Todos eran reclamos,
negaciones, conflictos, disputas, contrariedades, siendo ella quien disponía el
destino de esos otros imaginados.
¿a quién le estaría hablando? ¿por qué tantos reclamos recordados? ¿su
demencia senil (de la cual me enteré en la siguiente ronda de la enfermera) era
tal que los recuerdos bullían ya hacían todo lo posible por mortificarla?
-
¿Abuela,
la llevó al baño?
Dijo la voz, pausada y cansada, de su acompañante (tal vez ya saturado y con
el síndrome del cuidador quemado).
¿Cuántas noches con sus días han transcurrido en esa cama de hospital?
¿Cuántas noches con sus días en el calor del hogar?
-
Si,
llévame
La vi.
Era una mujer de tez morena, no alcanzaba a ser completamente negra, pelo
corto crespo y blanco, blanco como el de todas las abuelas. Sus 1.50 la hacían ver
vulnerable, pero caminaba con agilidad a pesar los múltiples medicamentos que
ingería. La voz ronca denotaba que era la matrona en su reino.
La abuela tenía “agua en el techo” y las frases que articulaba solo eran pequeñas
evidencias de su estar en el espacio, pues estar en el tiempo del aquí y el ahora
se había diluido.
Las horas pasan de manera extraña en las salas de hospital. Yo en vez de
leer o mirar el celular me dediqué a escuchar las batallas de la abuela con sus
recuerdos.
Todos batallamos con ellos o los ponemos bajo la cama, los escondemos, pero
ellos flotan y surgen con vida propia.
Se revelan…revelandonos a nosotros mismos.
Un buen relato que atrapa al lector a partir de una frase coloquial conocida por todos los de estas tierras. ¿Qué pasó con el hombre con gastrocnemio? ¿Tu condición médica carecía de atención para tus letras? ¿el cepillo de dientes apareció luego de ser mencionado tantas veces?
ResponderEliminar